
Alberto Chimal
En entrevista, el escritor mexiquense Alberto Chimal, que actualmente ofrece dentro del II Foro de Novela Negra (que organiza en estos días Cultura UDG con apoyo de Conaculta) un curso-taller en el que se aborda la obra de Edgar Allan Poe, a quien se hace homenaje en el evento, refiere pormenores acerca de la vida, la obra y el legado de uno de los escritores más influyentes de todas las épocas.
–¿Qué hace a Poe tan importante dentro de la literatura en Occidente?
–Yo diría que las razones probables están en dos grupos. Por un lado, en el menos interesante, Poe tiene una vida conocida, legendaria, incluso una ‘leyenda negra’, sus detractores quisieron hacerlo pasar como un maniático desequilibrado, un borracho sicótico e incontrolable, en fin. Eso, de suyo, es atractivo, para bien o mal. Pero, por otro lado, es un autor, creo, de nuestros últimos grandes originales; forma parte de la historia del romanticismo, del inicio de la literatura estadunidense, pero –por una parte– renueva muchas propuestas de los románticos, las sistematiza. Habla muy claramente del oficio de la escritura, en muchos aspectos, y de cómo ese oficio se puede nutrir explícitamente de las lecciones del romanticismo. Por ora parte, es un autor que crea tramas muy memorables, personajes icónicos (más allá de su propio personaje) y, además, una visión acerca del poder de las palabras, del lenguaje, que sigue entre nosotros. La forma en cómo puede articular sus aspiraciones más espirituales y convertirlas en ensayos, que dan la impresión de ser muy racionales, es un logro que Poe pudo convertir (además de lo que significa para el romanticismo) en una literatura popular. Leer a Poe no es como leer un ensayo de Schiller, que resulta para especialistas, él es un autor que vuelve todo entrañable, inmediato, directo, y al hacerlo lo hace accesible para cualquiera. Algo que no ha hecho nadie de la misma manera, después de él.
–Además, pensando en algo que se suele reclamar a la literatura contemporánea, en Poe hay imaginación.
–Claro. Porque el gran juego de Poe es que su manera de hacer que todo parezca fácil es inventarse explicaciones, argumentaciones, racionalizaciones. Pero si uno trata de utilizarlas, descubre que no se sostienen, que son sólo como un recurso retórico para dar la impresión de que hay basamento racional, cuando en realidad se trata de una exploración de lo –no sólo lo más animal o irracional de la naturaleza, como le atribuyen muchos– que está por encima de lo humano, de lo trascendente. Ambas cosas se juntan en Poe. Y se juntan a través de un discurso (aparentemente) muy racional y mesurado, que utiliza a manera de disfraz para que el impacto de lo que nos dice nos llegue sin que lo sospechemos. Creo que eso es crucial. Siempre nos dice más de lo que parece estarnos diciendo. Si uno lee cuentos de Poe, algunos incumplen las que se supondría que son sus ‘reglas’, se guardan información, hacen algunos efectos que no cuadran con lo que se supone que predica. Eso ocurre porque –en el fondo– a Poe no le interesan las reglas sino el efecto. Las reglas son, para él, como parte del juego, de la invención, de los efectos, pero cuando necesita violentarlas lo hace. Más todavía, no pensaba en las reglas cuando escribía, pensaba en lo que cualquier escritor (los grandes), en cómo utilizar su oficio y genio para decir algo. Y la regla viene después. De hecho, una de las grandes ironías de su obra es que muchas personas atienden solamente a ‘la regla’, quieren usar la plantilla para elaborar un gran texto. Buena parte de la industria del entretenimiento se basa en plantillas que se apoyan en Poe, pero no se entiende que él abordaba esos procedimientos de manera lúdica, jugaba a que lo hacía pero no era así. Se trata de una lectura superficial e ingenua de la obra de Poe…
–Que se ha querido pasar por el tamiz de la Filosofía de la composición.
–Sí, pero es un texto que se redactó después de El cuervo y que de ninguna manera lo explica. De hecho, está comprobado –a través de notas en manuscritos del autor– que Poe no escribió así el poema. Es un juego nada más.
–Por estos días, ofrece usted un curso que se basa en su figura y obra, ¿qué tan difícil resultó armarlo? ¿Se presta Poe para esto?
–Creo que es bastante fácil armarlo, porque hay muchos aspectos de Poe que se pueden examinar. En este taller vamos a ver la forma en la que influye en la transformación del cuento (de lo que entendemos por cuento); algunas de sus propuestas formales, cómo se conecta y rehace la influencia de la literatura romántica, cómo es el punto de arranque de muchas cosas, los subgéneros como la literatura policiaca o la ciencia ficción, así como detalles menos fáciles de ver: sus indagaciones sobre los ‘estados del alma’, cómo los personajes reflexionan sobre sí mismos, exploran la mentalidad, o la manera en que habla de cuestiones muy sutiles (no lo obvio: sangre, muerte, morbidez), como el paso de la conciencia de la contemplación a la acción o la forma como se desarrollan procesos mentales o funciona la memoria. Poe es un autor mucho más sutil y más amplio de lo que parecería. Mi interés es –sobre todo– llamar la atención sobre los textos, recordar a los asistentes que Poe es importante no por ser una celebridad, sino porque fue un gran autor, y explicar las razones por las cuales lo es.
–Este día, como parte también del 2 Foro de Novela Negra, ofrecerás una conferencia en el Museo de la Ciudad (a las 17 horas). ¿Aborda estas cuestiones de las que hemos hablado?
–Sí. Hay un texto muy breve de Poe que publicó pocos meses antes de su muerte, recogido en una serie de textos marginales que reúne lo último de su producción, donde dice, palabras más o menos, que el arte es la contemplación de lo que existe, de la realidad, pero “a través del velo del alma”. Esa me parece una idea crucial para entenderlo. Por un lado, Poe no es un autor que esté siempre hablando de sí mismo, sino de otras cosas, lo de fuera, más allá del lenguaje o de la esfera humana; por otro, Poe no cree que el arte sea únicamente una “repetición” de la vida “real” (una de las mañas que tenemos ahora; decir que el arte vale en la medida que reproduce una situación de la realidad o que refleja alguna cosa, me parece que es reducir la utilidad y el sentido del arte), sostiene que lo que vale del arte no es la fidelidad de la reproducción a la realidad, por el contrario, piensa que lo que vale es la forma en la que dicha reproducción se altera a través de la subjetividad de quien está creando. El arte vale en la medida de que es la expresión e alguien en contacto con el mundo. Ésa, me parece, es una lección poco atendida y que conviene recordar. Estamos demasiado obsesionados por la superficie, por lo inmediato, por lo que se nos muestra y vende como auténtico sin mediación, y no es cierto, nada de eso lo es.
–¿Qué hará a Poe tan atractivo, especialmente, para lectores jóvenes…?
–Tratando de recordar lo que me atraía entonces, sin pensar en cuestiones retóricas ni de importancia “literaria” u otra cosa, creo que simplemente se trata de un gran narrador, un gran contador de historias, además de un creador de imágenes memorables. No es alguien que se sienta en deuda con algún programa o ningún tipo de compromiso fuera de la propia literatura. Y eso no significa que sea un autor “exquisito” o para especialistas. El compromiso de su literatura es con la obligación de contar algo que interese, que sea atrayente, que pueda arrebatar a quien lo lee, que le provoque un efecto emotivo. Las lecturas más estériles de Poe son las que se acercan a sus cuentos desde el contexto histórico, sus textos pueden tener una raíz ahí, pero escapan de él. No son transcripciones. Cuando se trata de escritos vinculados con hechos reales, toman de ellos no las implicaciones políticas, sino los elementos argumentales; así, Poe se nutre no del contexto, sino de la potencia narrativa de lo que está utilizando. Esa aspiración va a contrapelo de mucho de los que después fue el interés de la crítica en Estados Unidos, que vive embelesada con la enunciación de “toda la realidad”; una aspiración muy tonta, que se ha copiado (aquí y en otros lugares) sin ninguna clase de reflexión. Una novela, por ejemplo, no vale menos o más por ser un documento histórico; la literatura no es una sucursal de la historiografía ni de la sociología.

